Padre voy a dejar de escribir al aire y voy a empezar a vivir
Te escribo, hoy, porque es mucho más fácil que mirarte a los ojos. Te escribo porque no encuentro la razón de existir. ¿Cómo resistir a la tentación de la muerte? ¿Cómo enfrentar mi vida? ¿ Cómo hago para creer en el mundo, en las personas? En tantas cosas quiero creer, en tantas miradas quisiera ver la mía, en tantos momentos necesito una palabra de aliento, una sonrisa inocente o un simple abrazo. Pero no lo encuentro, no lo encuentro caminando por la calle, no lo encuentro en un libro, no lo encuentro en mi alma
¿Qué más quieres de mí? ¿Qué otras cosas mejores?
Padre mío,
lo que me diste en carne te lo devuelvo en flores.
Estas cosas, comprende, ya no puedo callarte.
Yo, como el alfarero con su arcilla en la mano,
lo que me diste en barro te lo devuelvo en arte.
Creo ya, que ves claro, por qué levantar puedo
este lodo animal -espeso de pensar-.
¡Siempre habrá un alfarero con su sueño en los dedos!
Padre mío, ya ves,
el agua que me diste, venía de una oscura
profundidad de vida, pero como los ríos
primeros de la tierra, aquel goterón mío
se me llenó de altura...
Qué más quieres, no pudo
hacerse licenciado mi corazón desnudo.
Era mucho pedirle, padre mío, ¡no sabes
lo grave que es a veces
una mujer que en el pecho le entierran viva un ave!
Quizá, por eso, aquello
que me dieron horrible, preferí darlo bello.
Diáfano para el trino; para negocios, bruto,
este es el fruto:
con un poco de ti, y un poco del destino
que me puso en la mano lo divino con lo humano,
todo lo que en la carne hay de oscuro y perverso
te lo devuelvo en verso.
Qué más quiero, ¿mi herencia? Para qué, padre mío.
Por mi herida de mujer sale una niña cantando.
¡Lo que la tierra piensa, se hace voz en el río!
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