Francisco Ramírez

(Adelanto de la novela “Los años perdidos del Transantiago": “Cuando el Transantiago sólo era "Trans””

La génesis del monstruo remitía a los inicios de 2004 cuando el por entonces Presidente de Chile, Ramiro Loicochea daba a conocer que el supremo gobierno que encabezaba daría el vamos a un multimillonario proyecto para optimizar el transporte en la ciudad capital del país, sustentado en una licitación de servicios y un ambicioso plan de renovación de la infraestructura vial para su puesta en marcha, el que incluiría la segregación de vías para el tránsito exclusivo de los buses de la locomoción pública. El nombre de aquella tentativa comenzó a estar en la palestra pública y así lo haría por años: Transantiago.
A las autoridades de aquella época no le convencían del todo las micros amarillas que deambulaban por la ciudad: destartaladas, contaminantes, hediondas, inseguras y generadoras de congestión. En su fuero interno cavilaban que la población (votante) merecía algo más que verse a merced de choferes prepotentes, agresivos y mal agestados que no sólo se adueñaban de las calles y avenidas, sino que ni siquiera respetaban a sus usuarios con el amago de un servicio de buena calidad. Les habían contado que aquellos vehículos viajaban muchas veces con exceso de pasajeros, al punto de que, a diario, estos incluso debían agazaparse frenéticamente en las pisaderas con tal de llegar a casa, aún encontrándose las micros en movimiento… Eso era INTOLERABLE.

Tampoco les parecía un gesto correcto por parte de los conductores eso de andar parando a tomar y dejar pasajeros donde su infinita sabiduría y conocimiento de las necesidades humanas les mandatase (a modo de anécdota: para corroborar si aquella información era verídica se encomendó al jefe del departamento jurídico del ministerio de Transportes subirse a una micro, permanecer en ella unos 50 minutos y tocar el timbre en una calle determinada de una comuna populosa de Santiago, lugar donde le esperaría un vehículo de la repartición para su retorno. La sorpresa del funcionario fue mayúscula: su solicitud fue atendida cuatro cuadras después, lo que le obligó a devolverse casi corriendo al punto de encuentro y así preservar su integridad. De ello, hizo un detallado informe de 12 páginas, el que remitió a sus superiores. Sí, era verdad: los micreros hacían lo que querían con la gente).

Otro aspecto preocupante era anexo al anterior: la exposición del público usuario a la incertidumbre, el peligro y la violencia de las calles debido a la irregularidad de los servicios y la negativa solidaridad hacia el género humano que profesaban –descaradamente- los operadores, quienes no experimentaban preocupación alguna de “dejar” a los pasajeros –o no permitirles arribar a las máquinas- donde fuera, dejándoles, en la práctica abandonados a su suerte.

Además, todas aquellas micros eran tan sucias y hediondas, desastrosas y desvencijadas, viejas y feas que no estaban al nivel de una nación viva, pujante y en desarrollo como la chilena. ¡Y eso de que los conductores dejaran subir pasajeros tras acordar tácitamente un pago menor del servicio a costo de la no entrega del boleto correspondiente…! ¡Qué rotería! ¡Y los vendedores, y los cantantes ambulantes y los charlatanes de toda calaña! No: había que acabar definitivamente con toda aquella bazofia… ¡Y eso se haría! El Presidente Ramiro Loicochea, al menos, tenía su firme voluntad en ello. Nunca, ni aún en los momentos más difíciles de la Historia, le había temblado la mano y esa no sería la ocasión. ¡El país podría estar tranquilo, pues Él le salvaría del desastre de la Locomoción Colectiva! ¡Sí, Señor, cómo que en Chile existía Dios: eso se acabaría! No era primera vez que la nación toda podía depositar en su persona lo más profundo de sus confianzas: nadie podría jamás olvidar aquella épica noche en que frente a las cámaras de TV enarboló el dedo del centro de su mano izquierda y le dijo al dictador Alfonso Planchet (ante todo un país anhelante) “Fuck You, Mister Planchet! Usted le devolverá a los chilenos el poder que le robó por la fuerza hace 17 años…”. ¡Sí, la gente le conocía! Loicochea pondría fin a aquel régimen del terror y brindaría al pueblo el transporte ciudadano que se merecía. Y si el poderoso gremio de los micreros ponía obstáculos en su camino… allá con ellos: sufrirían las consecuencias, pues todo –TODO- el imperio de la ley estaba de su parte.

Sin embargo, como Loicochea podía justipreciar las cosas en su justa medida no se permitía la mezquindad de responsabilizar a los conductores de micros de todo aquel superlativo descalabro. Pobres peones de una escabrosa partida, no hacían sino actuar instintivamente a la defensiva y con una meta prioritaria: ganar el mayor dinero posible para llevar a sus hogares, implicase eso vulnerar las leyes o actuar con ruindad. Él, Presidente de la República, podía avizorar que manos negras (y muy “mafiosas” a su parecer) estaban tras todo aquel entramado de horror, inculcando en la civilidad el desanimo, el estertor y la animadversión al sistema imperante; vale decir, todos aquellos al mando del transporte público estaban induciendo a la gente a desconfiar radicalmente de la democracia y sus logros. Pues bien, aquellos mandamases no tendrían más un veranito de San Juan, al menos mientras él detentara la primera magistratura. Al fin y al cabo ¿quién mandaba en Chile?
A Loicochea le gustaban las señales claras, los gestos unívocos: que no se dudase de sus intenciones. Si su propósito era que el pandillaje microbusero tuviera bien claro que con él no tendría la pista fácil debía enviarles un recado explícito. Convocó, por tanto, al ministro de Transportes:
- Jaime, como sabes, quiero que sondees en Europa el interés que pueden tener los inversionistas en el Transantiago. Sé muy transparente y cuéntales muy bien de que se Te encomiendo que averigües, pero también que incites. Es de mi especial interés que tengamos operadores del primer nivel en esta iniciativa. No creo necesario reiterarte lo importante que esto es para mí.
El ministro guardo silencio algunos instantes. Meditada sobre sus capacidades y si daba el ancho para tan importante misión. Pero no podía evadir la encomienda. Sencillamente, no podía. Hubiese sido su lápida en las grandes ligas del servicio público.
- Así se hará, Presidente.
- Confío en ti, Jaime. Pongo mis confianzas en ti.

Eso era todo. No hacía falta nada más. La expresión del rostro del ministro se iluminó casi como si le estuviera consumiendo una hoguera por dentro. El Presidente le había encomendado algo de suma importancia y no podía sino que responderle. En el viejo continente se encargaría de llevar a cabo su cometido con excelencia, como si fuera la tarea más importante de su vida. Aunque tampoco le costaría mucho: sabía que la era, sin duda alguna.

Las diligencias del ministro en Europa suscitaron un desmesurado interés en el gremio microbusero nacional, sobretodo al ir difundiéndose los niveles de inversión que se pondrían en el tapete y que ascenderían a más de 600 millones de dólares anuales: todo un desafío para ir pensando en grande a la hora de los desembolsos… y las magníficas ganancias que traerían aparejados con el correr de los años. Una cosa sí les quedaba en claro: cada pesito gastado volvería a la billetera y con suculentos intereses. Los recursos se desglosarían en dar satisfacción a los aspectos esenciales para el funcionamiento del Transantiago: buses y nuevas tecnologías, gestión y movimiento de los fondos recaudados y un sistema de gestión centralizado que pudiera asegurar un expedito y regular desenvolvimiento de la malla de recorridos. Igualmente se contemplaba la puesta en marcha de una plataforma informativa para que la ciudadanía pudiera estar permanentemente al tanto de todas aquellos datos que incidieran al programar sus viajes por la capital.

Por aquellos días, el cerebro de todos los actores vinculados al nuevo sistema exudaba ideas luminosas. Su corazón: ambiciones. El alma no ansiaba nada, pues la Eternidad ya la tenía ganada.
En tanto, ciertos especialistas en el ámbito del transporte leían los diarios cada vez con mayor preocupación. Mientras tanto, guardaban silencio, expectantes: tenían bien claro que en Chile a los aguafiestas se les condena a la excomunión.

Con el paso de los meses comenzó a incrementarse el empeño de diversas firmas extranjeras y también nacionales por hacerse de un cupo en este proceso acelerado e irreversible. El tesón del gobierno en sacarlo en adelante era notorio, lo que permitía vislumbrar que evitaría toda dilación. La consecuencia directa era obvia: si bien se impondría un esmero en la búsqueda de la calidad de los oferentes, más temprano que tarde las entradas a este club exclusivo serían rematadas al mejor postor. Nadie, por supuesto, quería estar ausente en tal subasta.
Efectivamente, empresas europeas –fundamentalmente españolas- como ELEVACIA, LOT, CAYRE, SIGPUR y MACENDRA, todas muy preponderantes en el transporte público europeo tuvieron en sus manos las bases de licitación del Transantiago.

Lo curioso fue que también se hicieron con ellas los (poderosos) propietarios de emblemáticos recorridos capitalinos como Buses Ovalo Negro, Transportes Detención, Etalbar, Líneas Centro Cementerio, Rojo y Asociados, Mibus, MN & Asociados y Servicios Calle H, además de otros pocos no tan relevantes en capital, desarrollo… e influencias.

El descontento de los microbuseros nacionales comenzaba a hervir. Ante todo, les llenaba de indignación que la autoridad les tratase casi como gentuza de segundo orden carente de la capacidad y visión estratégica para afrontar el desafío que representaba el Transantiago.

Tal irritación se estaba volviendo cotidiana en el gremio, sobretodo en su jefatura. Mario Zarratete, histórico dirigente microbusero casi botó una copa de vino cuando golpeó repentinamente la mesa en medio de un almuerzo con su socio Constantino Estanilakis. Estaba rojo de cólera.
- ¡Estos conchesumadres del gobierno se creen que se las van a ver fácil con nosotros! Sí, gueón… Espérate no más. ¡Les vamos a hacer parir el hoyo si siguen gueiándonos a nosotros! ¿Quieren cagarnos estos saco ´e hueas? ¡Ya van a ver con quien se están metiendo! A los micreros no se nos guevea, Constantino. ¡No estamos pal gueveo de nadie! Si este Loicochea se las quiere venir a dar de listo, no sabe con la chichita que se está curando. Espérate no más. Veamos lo que pasa en los próximos meses. Si siguen haciéndole cariñitos a estos maricones de Europa les tenemos una gran penquita pa meter… Espérate no más.

Expresiones de este tipo –aunque con ciertos matices- se iban sucediendo en cada reunión de la jerarquía de los dueños de las “micros amarillas”. Aparentemente, les estaban excluyendo de esta fiesta y eso no les gustaba. Para nada.

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