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"Poco después de recibir el e-mail en que le informaban de que estaba aceptado como monitor de “Transantiago Educa”, Carlos recibió otro mensaje en el que se le citaba a una charla de capacitación que duraría dos días y que se iba a realizar en un inmueble – él ignoraba a que correspondía- ubicado en Seminario 242, Providencia.
Hizo lo que pudo para llegar a la hora. Pero no pudo. Una mezcla de desidia y amargura impidió que a las 9 horas de ese 22 de septiembre de 2008 estuviera en la sala de clases. Llegó retrasado y pidió excusas.
- No te preocupes: aún no han llegado todos- le dijo una rubia muy linda que estaba preparando un data show para mostrarle el Transantiago a sus alumnos.
(...) Luego fue el turno del Coordinador de la Zona F, Félix Cepeda, quien podría contarles historias sobre el funcionamiento de Transantiago Educa que les servirían a futuro en su trabajo.
Era un hombre de unos 55 años, corpulento, canoso y con el rostro trabajado. De andar desenvuelto, se notaba que calculaba meticulosamente sus pasos. Obviamente, procuraba que su presencia infundiera respeto, pero a la vez era posible advertir una íntima aspiración de caer bien en el grupo. “Hola, muchachos ¿cómo están?”, fue su saludo.
Los futuros portavoces del Transantiago le observaban con cierta curiosidad, a la espera de su narración sobre el desempeño de sus predecesores en 2007 y comienzos de aquel año, precisamente cuando las falencias del sistema habían debutado abruptamente en las calles, dejando a su paso un halo de descontento ciudadano como pocas veces se había visto en la Región Metropolitana. De eso, poco. Dos o tres anécdotas irrelevantes, entre las que deslizó el comentario “en esos días si que la cosa estaba peliaguda. Lo que les tocará a ustedes será casi como canto de ángeles”.
Inexplicablemente pasó luego a referir el porqué su cargo era el de “Coordinador Zonal”. Aquí, dijo, quería ahondar entre lo que diferenciaba a un buen trabajador de uno mediano o, lisa y llanamente, malo.
En la primera categoría podían ingresar por derecho propio todos aquellos que fueran responsables con las tareas que le fueran asignadas, obedecieran las instrucciones recibidas, les guiará un espíritu de disciplina y meticulosidad y, sobretodo, llegaran puntualmente a los lugares en donde les correspondía ejercer su función (“por muy alejados que estos parezcan. Eso hace a un buen trabajador: su abnegación y sacrificio para cumplir adecuadamente las misiones que les fuesen encomendadas, pensando siempre que no por nada se les había escogido por sus capacidades para ejecutarlas. Si, por ejemplo, se les envía a un territorio aparentemente lejano de sus hogares, no lo vean con un deber sino que tómenlo como una aventura que les permitirá conocer gente y lugares nuevos”).
Los malos trabajadores eran, por el contrario, todos aquellos que veían su destino como una mera fatalidad y no se esforzaban al máximo por hacer las cosas con esmero y compromiso. Entre estos elementos, continuó, se encuentran los impuntuales, los flojos, los que se quedan dormidos y refunfuñan antes de levantarse para ir al trabajo, los viciosos que llegan enfiestados o con olor a trago, los que contestan mal a sus superiores, en fin, todos aquellos hombres y mujeres (“porque hay malos trabajadores de los dos sexos”) que preferirían estar jugando, vagueando o sencillamente no haciendo nada.
Lo que al señor Cepeda le interesaba dejar bien en claro y poner de relieve era que “los jefes de uno siempre se dan cuenta de quienes trabajan bien y quienes hacen exactamente lo contrario. En eso, tienen un ojo implacable”. Si los seleccionados a Transantiago Educa elegían ser malos trabajadores, era su decisión, pero algo él les podía asegurar: pronto, muy pronto estarían buscando trabajo nuevamente y dejando curriculums y dando entrevistas, “y todas esas cosas tan fomes ¿no es cierto?”. De ser el caso contrario, él también podía contarles que “a ciencia cierta serán bien evaluados por sus superiores, quienes estarán contentos con ustedes y siempre les mirarán con agrado. Así, por supuesto, no deben temer parea nada que les puedan echar. Eso no sucederá. Es más, les doy firmado que ese será su camino directo a ascender en sus trabajos. Si me permiten la autorreferencia, así lo hice yo y hoy soy Coordinador Zonal de Transantiago Educa...”
Carlos estaba horrorizado. Nunca, nunca había escuchado un discurso tan arrastrado y condescendiente como ese. Ahora le quedaba claro porque estaba ahí: en sus anteriores trabajos no había recalcado lo suficiente lo “buen trabajador que era”; es decir, no había “llorado lo suficiente para mamar”, como se dice en buen chileno.
“Los jefes de uno siempre se dan cuenta de quienes trabajan bien y quienes hacen exactamente lo contrario...”
Carlos se mordió un labio para no reír a carcajadas…
Por Francisco Ramirez.
Periodista
franciscoramirez30@yahoo.es
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